13 enero 2011

Tan chiquita, tan poderosa!

Por: Charles Capps

¿Alguna vez se puso a pensar que lo que confiesa tiene poder? Conozca las consecuencias en el plano espiritual y terrenal que produce su confesión, sea buena o mala.
Una noche iba a llevar la palabra ante una reunión de hombres evangélicos del mundo de los negocios. Antes que el servicio comenzara, alguien me llamó con una petición de oración. Un bebé acababa de nacer prematuramente, y el médico había dicho que no podía vivir, y lo había enviado en una ambulancia para que se le prestasen servicios médicos en otra ciudad. Ya el médico había dicho a la familia que el bebe moriría.
Cuando escuché la petición dije:
– Ato esas palabras en el Nombre de Jesús, y digo que el bebé vivirá y no morirá.

Mientras pasaba al frente a orar comencé a darme cuenta que íbamos a comprobar si yo, dentro de mí mismo, creía lo que decía; así que cuando me puse de pie para orar le pedí a la congregación que se pusiera de acuerdo conmigo en una sencilla oración:
– Padre, tú dices en tu palabra, “cualquier cosa que pidieres en oración, creed que la recibiréis y os vendrá”, por eso rogamos por ese bebé de quien los médicos dicen que morirá, yo digo en el Nombre de Jesús que el bebé vivirá y no morirá.
E instantáneamente mi cabeza causó problemas, era el diablo que ponía dudas en mi mente. Decía:
– Eres tonto. Vas a quedar como un idiota, porque el bebé ya está muerto.
Mi cabeza gritaba: “El bebé ya está muerto”.
Pero el Señor me había hablado hacía unos meses:
– Cuando los vientos secos de la duda comiencen a soplar, proclama con denuedo lo que oyes en tu espíritu, así como hablé ante la tumba de Lázaro.
Y proclamé varias veces con denuedo:
– El bebé vivirá, no morirá.
Unas semanas después recibí una carta del presidente del grupo mencionado. Lo cito: “Cuando salí esa noche de la reunión fui al hospital a ver a la familia del bebé. Fue lo más difícil que he hecho. Necesité toda la fe para decirles que el bebé viviría y no moriría; así como usted me dijo que hiciera, y lo hice”.
Cuando leí la carta, pregunté a mi esposa si yo le había dicho a aquel hombre que fuera a hacer eso, pues no me acordaba de haberlo hecho.
Ella dijo:
– No. No te oí decir eso.
Pienso que debe haber sido el Espíritu Santo quien habló a su espíritu.
La familia ya estaba resignada a aceptar la muerte del niño. Unos pocos días después, el padre, quien aún no había nacido de nuevo, llevó al bebé a la iglesia y testificó de la sanidad milagrosa que Dios había realizado en él.
La lengua tiene el poder para destruirlo a usted o para hacerlo salir adelante en la vida. De la misma boca proceden la maldición o la bendición.
Su corazón, su espíritu, está programado por las palabras. La fe viene por el oír La Palabra de Dios; el temor viene por oír lo que dice el enemigo. Muchos cristianos han confesado continuamente las palabras de su enemigo, el diablo, y al afirmarlas sobre la Tierra, estas los han atado.
Pensemos por un momento que ninguna persona que esté bien de la cabeza, va a andar diciendo por ahí lo mismo que su enemigo diga; el sentido común indica que tales personas irían en contra de sí mismos.
Eso es exactamente lo que el diablo está tratando de que usted haga con sus palabras. Quiere que usted cree una imagen distorsionada, indigna, autodestructiva de sí mismo en su espíritu, a partir de las palabras surgidas de la boca del diablo.
Cuando el hombre tiene La Palabra de Dios morando abundantemente en su corazón, y habla en fe, habla palabras espirituales que obran en el mundo físico, el espíritu inspira vida en La Palabra de Dios y esto se convierte en sustancia viva que obra para el hombre así como lo hizo para Dios en el principio, y estas palabras espirituales dominan el mundo natural. Jesús dijo: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63).
La historia del bebé que tenía un diagnóstico malo, hubiese sido muy diferente si hubiésemos dicho:
– Bueno, si es la voluntad del Señor el bebé vivirá. Si Dios no se encarga de él, morirá.
No. Gracias a Dios, Jesús dijo: “El creyente puede tener lo que diga”.
Si es así, ¿por qué no aprende a decir lo que se desea, no lo que parece existir?
“Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis y os vendrá” (Marcos 11:24).
Simplemente hable con denuedo los resultados deseados en la oración, y póngase de acuerdo con otras personas, y esto desatará en poder de Dios. Jesús dijo: “Si dos de ustedes se pusieren de acuerdo en la tierra (…) les será hecho por mi Padre” (Mateo 18:19).
Las palabras llenas de fe mueven la fe pasiva o ponen actividad a la fe. Hay poder creador cuando usted proclama con denuedo las cosas que están de acuerdo con La Palabra de Dios, y hace que otros expresen su fe.
Las palabras del creyente y la meditación de su boca deben ser agradables ante los ojos de Dios. Debemos confesar: “No permito que ninguna expresión corrompida proceda de mi boca, sino la que sea buena para edificar y ministre gracia al oyente”.
“Del fruto de la boca del hombre, llenará [el hombre interior] su vientre. Se saciará del producto de sus labios” (Proverbios 18:20); podría también decirse: “La conciencia del hombre se forma con el fruto de su boca, y con la consecuencia de sus palabras se satisface, sea buena o mala”.
Proverbios 18:21 dice: “La muerte y la vida están en el poder de la lengua, y el que ama comerá de sus frutos”, sean frutos de vida o de muerte. Santiago dice que la lengua es fuego, un mundo de maldad que contamina todo el cuerpo. Puede matarlo o permitirle ejercitar la vida de Dios que hay dentro de usted; ¿cómo piensa usar su lengua?


Tomado del libro: La fuerza Espiritual de la Confesión de Editorial Peniel