25 octubre 2008

TRES HISTORIAS DE AMOR

TRES HISTORIAS DE AMOR

Mahmoud, residente de Teherán, tenía treinta años de edad cuando se casó con una hermosa quinceañera llamada Golanbar. Durante el primer mes, el de la luna de miel, todo fue de lo mejor. Pero pasada la primera luna, Mahmoud hizo algo insólito. Se divorció de Golanbar y vendió a la joven a un lenocinio por la suma de dos mil ochocientos cincuenta y siete dólares. Con el dinero se compró un automóvil.

Las autoridades iraníes, al enterarse de lo que Mahmoud había hecho, lo detuvieron. Él nunca se imaginó que su conducta tuviera consecuencias tan drásticas. A fin de evitar mayor castigo, el hombre se arrepintió de sus acciones, devolvió el automóvil y recuperó su dinero. De ahí fue al lenocinio, compró de nuevo a Golanbar y se volvió a casar con ella, jurándole amor eterno. Esta vez, en definitiva, habría de ser eterno.

Hay una antigua historia semejante a esta relatada en la Biblia. Es la historia del profeta Oseas. Sólo que en la historia de Oseas es su esposa, Gomer, la que desprecia el amor de su esposo y se escapa de él para ir a venderse a un lenocinio.

Oseas sufre mucho, pero Dios le dice que debe perdonar a su esposa e ir en busca de ella a comprarla de nuevo para sí mismo. Oseas difícilmente comprende lo que Dios le está queriendo enseñar, pero obedece al Señor y va a donde está Gomer, su esposa, y la compra por quince monedas de plata y una carga y media de cebada.

Esta extraña historia bíblica representa el inmenso amor redentor que Dios le tiene a la raza humana. Toda la humanidad, a la manera de la esposa de Oseas, se ha alejado de Dios siguiendo caminos de pecado. Pero Dios nos ama profundamente a todos y desea redimirnos.

¿Qué hace entonces? Escribe otra historia de amor. Es la historia escrita en el Calvario, historia que revela a Jesucristo, Dios hecho hombre, derramando su preciosa sangre como el precio legal de compra de todo preso y cautivo del pecado y del mal.

La Biblia dice que todos nos hemos descarriado como ovejas, y que cada uno de nosotros ha seguido su propio camino. Pero dice, también, que Dios ha castigado nuestra maldad en la persona de su Hijo Jesucristo. Y Jesucristo pagó toda nuestra culpa en la cruz del Calvario.

¿Qué podemos hacer para corresponder a ese amor? Dar media vuelta en el camino errado de nuestra vida y regresar al Señor Jesucristo. Aceptémoslo como nuestro Señor y Redentor. Él desea ser nuestro Salvador. Rindámosle nuestra vida.

20 octubre 2008

PEREGRINOS SOMOS














La batalla rugía con todo su furor. Los soldados avanzaban contra el enemigo. Al ponerse el sol, la oscuridad los obligó a descansar hasta el día siguiente. Era peligroso tratar de ganar más territorio de noche, así que el comandante de la tropa ordenó que todos cavaran una trinchera. Cuando ya los demás habían terminado, quedó un solo soldado que seguía cavando cada vez más hondo.

El comandante pensó que el joven soldado tal vez hubiera dado contra una piedra o que le hubiera tocado un terreno más duro que el de sus compañeros. Pero cuando vio que sacaba tierra suave y fresca, le preguntó:

—¿Acaso no ha llegado a la profundidad necesaria?

—Sí —le contestó el soldado—, pero prefiero que la trinchera quede bien honda y segura.

A lo que el comandante replicó:

—Recuerde, soldado, que no vamos a estar aquí más que una sola noche.

Esta anécdota nos hace reflexionar sobre la tendencia que muchos tienen a profundizarse en las cosas de esta vida. Tanto es así que pareciera que fueran a pasar toda una eternidad en esta tierra. No les cruza por la mente el que seamos peregrinos. Se afianzan a todo lo que ofrece este mundo. Se aferran a las cosas materiales. Se sujetan a esta tierra con ligaduras tan fuertes que algunos, al tener que soltarlas por alguna tragedia o por alguna adversidad económica, no soportan el cambio y deciden ponerle fin a su vida.

A los que tienen este sentir, y aun a los que no hemos llegado hasta ese extremo de desesperación, nos conviene atender a estas sabias palabras de Jesucristo: «No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.... busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.»1

Lo cierto es que sólo estamos de paso en esta tierra. Vamos rumbo a nuestro destino final. La muerte no es un cese de actividades sino una transición. Ni constituye el fin de la vida sino sólo un traslado a otra esfera. Si durante esta vida hemos pensado únicamente en lo terrenal y no nos hemos reconciliado con Dios por el único medio que Él ha provisto, que es su Hijo Jesucristo, entonces, cuando pasemos a la otra vida, Cristo tendrá que decirnos: «Yo di mi vida por ti en la lucha que libré por tu alma, pero tú no me reconociste. Por eso ahora no puedo reconocerte a ti ante mi Padre aquí en el cielo.»2

En cambio, si hemos reconocido a Cristo como nuestro único Salvador y hemos vivido como peregrinos que anhelan una patria mejor, entonces Cristo nos reconocerá ante su Padre y nos dará la bienvenida a la patria celestial que nos ha preparado.3






1 Mt 6:19-21,33
2 Mt 10:32‑33
3 Heb 11:13‑16